No te recuperas hasta saber de qué estás recuperándote.

Imagen de volcán

Tiemblo. No logro mantenerme de pie, pero debo hacerlo. No tengo hambre, aun así decido comer. No hay nada que hacer. Nada que hacer con la mente, con la herencia.

Con el tiempo me pregunté si alguna vez volvería a sentir algo diferente, algo más esperanzador, algo que me sacara de este ciclo. Esto lo escribo mientras estoy en la cama, pensando que nunca imaginé que esto fuera así, que sentirme tan mal por dentro fuera equivalente a lo bien que me va por fuera. Miro los libros en la mesa, intento recordar la emoción de tenerlos. No lo logro, pero sé que ese momento existió y pasó por mi cuerpo.

Siento un pequeño destello de esperanza, pero no te recuperas hasta saber de qué estás recuperándote.

Me observo. Ojos llorosos. Llorar en cualquier parte: en la calle, en el trabajo, en el metro. Llorar hace que mi cara se inflame. Soy alérgica a las lágrimas saladas. Se vuelve insostenible. Tomo mis pastillas. Espero que hagan efecto. Espero dormir.

Saboreo los latidos de mi corazón. Pienso: estoy viva. Recuerdo mis notas, mis proyectos, querer comerme el mundo, escribir un libro.

Salgo con África a reclamar un pantalón que mandé a arreglar porque, como siempre, toda la ropa me queda grande. Me toca pasar por una acera llena de hombres. Ser mujer, decidir pasar entre ellos, escuchar sus miradas, ver su silencio, sentir que me tocan con sus bocas.

Llego a la modistería. Me entregan el pantalón. África tiene diarrea. Me preocupo. Instinto de madre. Tengo la energía de una mamá que lucha por su bebé aunque esté muriendo. Vivo el instinto de cuidar a otros. Es lo que me lleva a pararme de la cama, a bañarme. Pero el cuidado es engañoso. Nuestra presencia no es indispensable.

Ya van dos meses desde que escribí esto. Va una semana de alegrías y tristezas extremas. Llevo dos meses sin medicación.

Desde que me conozco, siempre he tenido momentos de profunda sensación de que no hay salida. Eso lo descubrí en este viaje. A mi mente llegaron recuerdos de momentos borrosos de mi infancia, cuando me ocurría lo mismo: el desborde, la llorada incontrolable, el no vislumbrar la esperanza.

Vivir la depresión es como fumar por años. Tu cuerpo se deteriora, te cansas más. No comer, no dormir, pedirle tanto a tu mente y agotarte. Y cuando quieres salir de ahí, cuando quieres volver a ser la misma, ya no puedes.

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  1. Fernanda Mejia en morado

    Gracias… sana hablar de ellas y encontrar que toma vida lo que tanto se dice, mientras sigan en nuestros recuerdos…

  2. Fernanda Mejia en morado

    Gracias… sana hablar de ellas y encontrar que toma vida lo que tanto se dice, mientras sigan en nuestros recuerdos…