Saltar es horrible. Permanecer también. Todo lo que implique la cabeza abajo—el arado, el paro de cabeza, la frente contra las rodillas—me agobia. En mi cuerpo, el yoga es un escáner místico que señala todo lo que está fuera de lugar. Me revela las posturas que mi cuerpo rechaza, los dolores dormidos, los rincones donde se acumula la rabia y la tristeza.

En esos momentos le creo a la profe. Cuando dice que una postura mueve toxinas, lubrica huesos, desatornilla emociones yo le creo. Le creo más a ella que al médico. Le creo cuando conecta posturas con estados de ánimo, con órganos que gritan. Me atrevo a creer en eso que no me permito creer los días que no voy a una clase dirigida.

Hoy es domingo y no hice yoga. Elegí caminar. Me moví cada vez que el impulso me lo pidió. Saqué a África dos veces. Barrí. Lavé ropa y la colgué con esa brutal coreografía que implica pararse en una silla tambaleante, extender el brazo con equilibrio y precisión para colgar camisetas y pantalones.

Me agaché a acariciar a mi perrita varias veces. Cada mimo fue una sentadilla. Mi única práctica de yoga fue mimarla.

No sé qué pasa con los domingos. Pero son horribles. Llevo días intentando cambiarlos. Wallace lo dijo en algun texto que leí alguna vez…esa tristeza peculiar de los domingos por la tarde… que no es tristeza por nada en particular, sino por la pura imposibilidad de que el mundo sea otra cosa que esto…

Como la canción Gloomy Sunday, que fue censurada por sonar demasiado a suicidio.

El domingo es el día donde todo se calma para que el cuerpo grite. Cuando baja el cortisol y los órganos piden atención. El hígado, el intestino, la espalda baja: todos exigiendo ser oídos. Es el día donde la mente se queda sin excusas. Sin tareas. Sin reuniones. Entonces aparecen los pensamientos. Los que entre semana pasan de largo, pero el domingo se sientan contigo.

Recuerdo los domingos con mi madre.
No eran distintos. Sólo más tristes.

Ella, encamada, envuelta en frío, aunque el calor empapara las ventanas. Yo entraba a su cuarto varias veces, como quien toca una puerta esperando que alguien regrese. “¿Estás bien, mamá?” Y ella, con su sonrisa triste, decía: “Sí, hija, estoy bien.”
Otras veces no decía nada. Sólo miraba con esos ojos que sabían del hastío.
Y cada domingo, sin falta, proponía: “¿Será que vamos hoy a Santa Elena? Al campo. Al pasto.”

Así entendí por qué quiero salir todos los fines de semana y nunca salgo. Porque no es a un lugar donde quiero ir, sino huir de esa tristeza heredada, de ese loop de quietud que se arrastra por generaciones. Quiero salir al frío que rompe huesos, al verde que raspa los ojos. Quiero tocar el pasto y decirme: el mundo es más grande que estas cuatro paredes que me habitan.Porque los domingos no son un día. Son una grieta.
Un espejo opaco. Un recordatorio de que la libertad no es hacer lo que quieras, sino no tener que querer todo el tiempo.

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  1. Fernanda Mejia en morado

    Gracias… sana hablar de ellas y encontrar que toma vida lo que tanto se dice, mientras sigan en nuestros recuerdos…

  2. Fernanda Mejia en morado

    Gracias… sana hablar de ellas y encontrar que toma vida lo que tanto se dice, mientras sigan en nuestros recuerdos…