No tengo nada que hacer. Me dejo caer en el puff café y peludo encima de la alfombra de mi casa. Tiene la misma textura que el monstruo que veía al cerrar los ojos en el hospital, solo que ese era de colores, sobre todo rosado.
Mi perra se acuesta a mi lado, como si quisiera acompañarme… o tal vez esperando a que le devuelva su puff, que en realidad es más suyo que mío. Subo las piernas encima de la mesa blanca pequeña. Tengo un pantalón largo y una camiseta, siento frío, frío sobre la piel, y ganas de acostarme en la cama.
No sé cómo se hace eso de no hacer nada. Y me acompaña un dolor eterno en el pecho.
Es el mismo dolor que se siente cuando muere una madre o un padre, si es que el amor existía.
El mismo dolor de perder un amor y que muera… o peor, que siga vivo solo para recordarte que existe, pero que no va a volver.
Mi parte racional insiste: come, báñate, muévete.
Me levanto. El frío del suelo me quema los pies, busco rápidamente mis chanclas.
Pongo a hervir un poco de leche. Tomo un mango, deseando que esté maduro, porque solo me gustan así —y con los mangos nunca se sabe.
Sirvo avena en un plato hondo.
Ni mucha ni poca: la cantidad justa para que no flote en la leche, para que no quede aguada.
Pienso: si no es con agua, sino con leche, ¿es avena lechada? No quiero que quede lechada, solo remojada.
Abro el cajón. Saco lo que encuentro: chocolate amargo, crema de maní, mermelada, frutos secos.
Los frutos secos que me dejó mi jefa ayer, en el hospital.
Apago el fogón justo antes de que hierva la leche. No dejo que se desborde. No dejo que haga espuma.
Vierto la leche sobre la avena.
El mango está maduro, como quería. Lo pico en pedacitos y lo pongo encima.
Dos cuadros de chocolate.
Un chorrito de crema de maní.
Un poco de mermelada.
Confundo las tapas de la crema y la mermelada aunque sean completamente distintas.
Tomo el plato y empiezo a comer.
Nada me sabe como antes.
Nada me sabe como quiero.
Ha sido inútil haber encontrado el mango dulce.
Me leo, me observo, soy las notas regadas de mi mamá, las notas inconclusas antes de morir. Soy un desastre.
Hace unos días respondía una encuesta en el trabajo. Llegué a la pregunta:
Enfermedades crónicas ( trastorno afectivo bipolar, depresión) Si/No
Selecciono esa respuesta.
Pienso: tabú, enfermedad mental, discapacidad psicosocial, ninguna forma de nombrarlo le hace honor a la tortura ni a la necesidad de ser acompañada.
En fin, entiendo varias cosas, como que mi mente se asemeja a mi escritura, es una mente que va y viene, que se retuerce, se arrepiente, escribe de más, se agota, se frustra. Gira y gira como la vida. Giro y giro.
El monstruo peludo sigue apareciendo. Pensé que era la medicación —el lorazepam que tantas veces escuché en mis series de médicos favoritas—. Esta vez me lo habían puesto a mí. Y cada vez que cerraba los ojos, lo veía:
El monstruo peludo de colores, con las rodillas en el pecho, mirándome.
Me daba miedo. Porque no podía cerrar los ojos sin verlo. Tenía que abrirlos.
Pero la medicación me dormía tanto, que pasaron dos días. Dos días en los que el dolor se quedó en el pecho, quieto, el monstruo estático, sin herir a nadie, ni a mi, el dolor se quedó mirando al borde del abismo.

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