el buen mal
Estuve en Argentina. Fui a lo que no fui —pero resultó interesante. Un evento académico fue la excusa para cruzar del sur de Argentina al norte, para sentir el frío del invierno y para reconocer un lenguaje que, antes y después del viaje, ya se insinuaba en mis lecturas. Cobraba más sentido a cada paso, en cada desvío.
Nunca leo por obligación, no me agobia la idea de no terminar un libro. Algo así me pasó en este viaje. Empecé con la lectura de La mano que cura, de Lina María Parra, mientras estaba en Medellín. Estaba adherida a la historia, a Ana Gregoria, a Sole. Iba a ser mi libro de viaje, pero lo dejé en casa. Lo extrañaba mucho, y esta vez me rehusaba a comprar otro libro. Los primeros días no tenía cómo salirme del ritmo cotidiano sin ese libro. Leer en el metro para no ceder el puesto; leer en la noche para quedarme dormida; leer cuando no tenía nada que hacer —porque siempre hay algo más urgente que leer. Igual que siempre hay algo más urgente que escribir.
Eso me pasa, me obsesiono con libros y con autoras. Inicio uno y, si por alguna razón olvido empacarlo antes de salir de casa, paso el día triste, anhelando la posibilidad —no comprobada— de que haberlo llevado conmigo me habría permitido leer unas páginas más. Lo curioso es que de las cinco veces que lo saco a pasear en la semana, es a eso, a pasear. Pienso en él todo el tiempo. El día se organiza alrededor de lo último que leí, pero a veces no tengo la fuerza para abrirlo de nuevo.
Una noche decidí ver la adaptación de Distancia de rescate en Netflix, libro que me había leído unos meses antes; aproveché que estaba al sur de Argentina. Recuerdo que hace dos años fui a Murillo, Tolima, justo cuando el Nevado del Ruiz estaba en alerta naranja. El volcán respiraba hondo y expulsaba humo blanco, y esa era la excusa perfecta para ver dos documentales sobre volcanes: Whakaari y Hacia el infierno. Eran narrativas audiovisuales de geologías sin pudor, abiertas, calientes, abismalmente distintas. Me gusta sentirme al borde. Frente al abismo.
Mientras recordaba la lectura de Distancia de rescate, me sentía inquieta por la historia, los recuerdos de la voz del personaje, y la sensación de verlo era abrumadora.
Al día siguiente entré a una librería y pregunté por autoras o autores argentinos. El beso de la mujer araña era una opción; estaba agotado. Vi a Caparrós. Vi El buen mal. Dos liebres en la portada, ojos rojos. Me quedé con ese. Semanas después, en la Ruta 40, las vi de nuevo en la carretera. Dos liebres saltaron en la carretera. No se escondían. Paraban de manera intencionada a mirarme. Querían ser vistas.
Dicen que cuando uno piensa en algo, ese algo empieza a aparecer. Que uno lo atrae con la mente. Me decepciona pensar que soy la causa de mis coincidencias. Prefiero creer que las cosas aparecen porque algo quieren decir.
Argentina, 15 de julio de 2025. Así marqué la primera hoja del libro. Uno de los cuentos habla de sostenerse. Sostenerse cuando todo está en calma. Las veredas (aceras) y los chocolates Milka eran referentes culturales que me emocionaba: ahora podía entenderlos.
Mi cuento favorito: El ojo en la garganta. La razón es obvia, pero sólo podrán saberla si lo leen. El cuento teje hilos desde la forma. Está muy conectado con la cultura del lugar, pero a la vez resulta universal. Todo ocurre en Argentina, en el sur. En cada parada en una YPF, en cada manejo sin destino, recordaba mi propia ruta. Paisajes naturales, poco habitados. Lugares para pensar.
Cuando volví del viaje, no dejaba de contarle a todos que vi liebres europeas en la vía: ojos rojos, saltando en la carretera casi como si quisieran hacerme frenar de golpe. Eso fue camino a Lago Puelo. Tampoco puedo olvidar la vaca gigante, peluda, que se detuvo a observarnos en la vía desértica rumbo al cerro Perito Moreno.
Días después, un video de Samanta apareció en mis redes. Entré a su mundo por una grieta. Podcast, entrevistas, talleres. En este caso, el algoritmo fue la causa de mis coincidencias. Descubrí que su familia vivía en Lago Puelo. Recuerdo la gente en el supermercado eligiendo frutas, las antepuertas de las casas llenas de abrigos, el lago azul en la oscuridad de la tarde fría.
Lo que hace Schweblin es afilar una forma. Desacomoda. Muestra lo que no debería mostrarse —y lo hace con una prosa detallada, lenta. El cuento El ojo en la garganta perturba por su trama, por la forma en que desplaza la lengua, los cuerpos y la memoria. No hay alivio, hay un ritmo que insiste, que sostiene la incomodidad como forma de permanencia. No hay moraleja. A veces no hay desenlace. Pero algo queda abierto, como si el cuento se negara a cerrar la puerta por completo.
Leer El buen mal fue, para mí, leer al borde de un abismo. Como cuando el volcán no ruge, pero respira. Como cuando no pasa nada, pero se sostiene el cuerpo entero para no caer.
Bibliografía
- Parra, Lina María. La mano que cura. Editorial Amanuta, 2019.
- Schweblin, Samanta. Distancia de rescate. Editorial Anagrama, 2015.
- Caparrós, Martín. El buen mal. Editorial Anagrama, 2023.
- Puig, Manuel. El beso de la mujer araña. Editorial Seix Barral, 1976.
- Podcast El universo de Samanta Schweblin, producción y entrevistas con Samanta Schweblin, 2025.

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