la tierra está vacía

Imagen de tres ballenas

La almohada que tengo es nueva, de esas ergonómicas que prometen dormir mejor. Es gruesa, y dicen que el peso de la cabeza la va aplanando. No es mi caso: la mía no cede porque mi cabeza no pesa lo suficiente. Intento acomodarme en la parte menos alta, en las esquinas, donde al menos no siento que me vaya a tragar. Busco la forma de armar la cama como lo hacía mi mamá: tres cobijas y  tres almohadas. 

Las sábanas blancas están frías. Me recuerdan a esas sábanas que le dan a uno en los hoteles de la costa, esas telas delgadas perfectas para el calor, que parecen olvidar que en cada habitación hay un aire acondicionado encendido.

No me siento en casa. Nunca. Aquí, ni en los otros lugares donde he intentado quedarme.

Pasa la noche, y duermo poco. Me despierto con sueño, muchísimo. No hay luz natural en esta casa. Mi perra se me acerca a la altura de la cabeza, algo que casi nunca hace. 

La comida no me sabe a nada. Los huevos están desabridos, el pan duro, el café me hace rugir las tripas desde el primer sorbo. Pienso en el almuerzo y ya estoy decepcionada.

Busco un lugar de la casa para trabajar, pero ninguna silla me convence. Ningún fondo me parece presentable para las reuniones virtuales. Trabajo, escribo, trato de convencerme de que esto es hogar. Llamo a mis amigas para sentirme acompañada. Toco a mi perra, la huelo. 

Salgo a la calle y paso por pequeños locales donde venden de todo: verduras, pan, snacks, harinas. Uno se llama La Alegría, otro El Oasis.

En el parque hay figuras navideñas gigantes y apenas es Noviembre. Ella las mira con recelo, con susto. Almuerzo en un sitio que anuncia “Ejecutivos a 13 mil”. Miro a la gente comer y pienso en la palabra ejecutivo. ¿Significará rápido, aburrido o desabrido? Mi plato es todas las anteriores.

Vuelvo a casa. No siento la caída de la tarde porque la casa es oscura. Solo me doy cuenta por la hora. Me tomo la pastilla. Espero dormir profundamente para no sentir el dolor de cuello que deja la almohada.

Sueño que estoy en mi pueblo favorito. Allí hace frío y estoy en una cabaña alquilada. Por la mañana, una mujer que habla un idioma que no entiendo me sirve huevos revueltos y me pregunta, en un español extraño, qué leche quiero.

Le digo: deslactosada.

Ella frunce el ceño y pregunta:

¿Quieres leche con la madre o sin la madre?

Respondo: sin la madre.

La tierra está vacía desde que mi madre no existe.

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  1. Fernanda Mejia en morado

    Gracias… sana hablar de ellas y encontrar que toma vida lo que tanto se dice, mientras sigan en nuestros recuerdos…

  2. Fernanda Mejia en morado

    Gracias… sana hablar de ellas y encontrar que toma vida lo que tanto se dice, mientras sigan en nuestros recuerdos…